Archive | septiembre 2011

Hoy celebro

Un día más robamos al futuro
el momento final, torpe y oscuro.
Somos un poco de ilusión y arena,
y alma de halcón y corazón de hiena.
Levantamos iglesias y castillos
y están envenenados sus ladrillos.
Arrastramos dolor y cobardía;
fieras de noche y árbitros de día.
Somos -y soy- el vértigo y la sombra
pero soy luz cuando tu voz me nombra.
¿De qué sirven los sueños? De motivo,
de razón para ser y seguir vivo.
Hoy celebro la dicha de tenerte
contra el miedo y la sed, contra la muerte.

Hoy celebro la dicha de tenerte contra el miedo y la sed, contra la muerte.

Hoy celebro la dicha de tenerte contra el miedo y la sed, contra la muerte.

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Pasarse la luz roja (i)

En algunos lugares del mundo pasarse la luz roja se castiga con una multa feroz y hasta es posible que sea cancelada la licencia de conducir del infractor, acá, en Indonesia, somos más tolerantes.  La luz roja es, muchas veces, una referencia, un llamado a la buena voluntad del conductor, un “a ver si paras” que sale casi como una súplica.

Por ejemplo, en Kemang, la zona donde abundan los expatriados, en la esquina en la que se encuentran McDonalds y Starbucks, el semáforo es un hermoso adorno cuyos mensajes y órdenes, a colores, nadie se toma la molestia de acatar.  Los primeros disidentes (hoy, en el almuerzo, un compañero de trabajo explicaba su particular versión del caos que abunda por estas tierras: “es que los indonesios aman la libertad y se ponen de muy mal humor cuando les quieren poner límites y normas; lo que hacen es rebelarse contra el sistema”) son los motociclistas.  No saben qué significa detenerse y creen que es un asunto de posibilidades.  Me explico.  Un auto o una camioneta no avanzan “porque no puede pasar” y, como las motos son pequeñas, ellas “sí pueden” y avanzan; que eso signifique violar media docena de leyes de tránsito, es lo de menos.

En la foto, la primera de las que muestran los sucesos en esa esquina, se ve cómo los motociclistas consideran que está bien continuar su rumbo y así lo hacen.  El pequeño detalle del semáforo en rojo es una minucia en la que, obviamente, no pierden el tiempo en reparar.

Motociclistas en Kemang Raya, pasandose la luz roja

Motociclistas en Kemang Raya, pasándose la luz roja.

Una copita

Si bien Indonesia no es un país musulmán (aún siendo el país con mayor número de musulmanes), muchas de las creencias de aquella fe tienen presencia en la vida cotidiana.  Por ejemplo, el asunto del alcohol.  Aunque no esté prohibido, se guarda discretamente durante el Ramadán (el más sagrado mes de los  musulmanes, en el que los fieles realizan el ayuno) y solo es posible obtener una cerveza o una botella de vino preguntándole a la dependiente que andará dando vueltas por alguna zona del supermercado con un  papel en la mano que contiene la lista de los licores disponibles y sus precios.

Los demás meses del año el tema es más sencillo (o menos hipócrita) y se pueden comprar algunas botellas, aunque los precios suelen ser absolutamente disparatados.  Los comerciantes les echan la culpa al gobierno y a los impuestos que cobra (que, al parecer, son muchos)  y dicen que es por eso que un vino chileno -que en Santiago te cuesta diez dólares- acá puede venderse, sin asco alguno, en cuarenta.  Supongo que la distancia hace lo suyo, pero tampoco es que los vinos australianos sean muy baratos.  En los centros comerciales de algún postín es fácil encontrar tiendas especializadas, muchas veces adjuntas a algún restaurante francés o italiano y allí cada botella te la cobran como única.

La alternativa (en precios y muchas veces en variedad) son los famosos “duty free”.  Hay varios en la ciudad y su funcionamiento sigue siendo un misterio para mí.  Hay épocas en que se comportan como cualquier tienda normal y observan un horario más o menos lógico, hay otras en las que abren cuando mejor se les antoja y cierran cuando quieren (algo escuché de una cuota diaria de ventas que no pueden exceder, ignoro si es cierto).  Por otro lado, a veces cualquier extranjero puede comprar, pero hay días en que te dicen “maaf” (disculpe) porque solo miembros de las embajadas acreditadas ante el gobierno pueden adquirir en esas tiendas.

El otro día fui y pregunté y me salieron con eso de “solo embajadas”, luego, cuando insistí, me preguntaron si tenía “kitas”, el documento de los trabajadores residentes “no-inmigrantes”, y me dijeron, al decirles que sí, que podían venderme “tres botellas”; “es que tengo una gran fiesta”, forcé la mano, y me respondieron “podemos coordinar”.  Como nunca haré esa fiesta ni beberé ese vino (soy aburridamente abstemio), no sabremos si se puede o no, pero intuyo, solo intuyo, que, como en casi todas partes, el tema “es conversable”…

Tienda duty free en Yakarta

Tienda "duty free" en Yakarta.

Comer en Yakarta (Tapas Movida)

Comer en Yakarta siempre tiene sus bemoles, ¿será un buen restaurante? y, si lo era, ¿seis meses después seguirá siéndolo?  El concepto de mantenimiento no logra calar aún por estos lares y es muy común que lo que empieza prometedoramente bien termine, en menos de un año, tragado por la mediocridad y el “así-no-más”.  El “kosong” (literalmente “vacío”) está a flor de labios en los dependientes, porque la incapacidad para mantener las bodegas aprovisionadas hace que no haya restaurante en Indonesia donde no se escuche el “no hay” (y no hablo de alguna rareza que alguien pida -antojadizo- solo para molestar, me refiero a los productos que ellos mismos ofrecen en sus cartas).  Muy pocos lugares son capaces de mantener un mismo nivel a través de los años y es por eso que a nadie le extraña que los negocios terminen cerrando para dar paso a nuevos locales, con sus nuevas promesas y nuevas decepciones.  Esa fue la razón por la que hace tiempo decidimos atrincherarnos en el “Mandarín Oriental”; pero de ese hotel y de nuestros fines de semana en sus aún pacíficas instalaciones (empiezan a perder la guerra, o así nos lo parece) escribiré con calma más adelante.

Para ir desde nuestro departamento a Kemang, esa zona de la ciudad donde los “bulé” (los extranjeros blancos) pasan los fines de semana (desde los escolares que tienen su trinchera en “Splash” -¿Adrenaline Park?- hasta los viejos panzones acompañados de chiquillas indonesias en “Eastern Promises”), hay que recorrer “Jalan Cipete Raya” (léase “yalán chipete raya”), cerca del colegio Francés.  Andando por allí (que a veces nos da por desafiar a los dioses a ver si es posible sobrevivir de peatones en Yakarta) nos encontramos el otro día con un nuevo restaurante, se llama “Tapas Movida” y el toro del cartel ofrece comida española.

Como acá no es sencillo conseguir comida ibérica (lo que abundan son restaurantes italianos, que merecerán un repaso particular) y los dos únicos lugares donde he probado churros se hallan lejos (los de Moya, cerca de “Citywalk mall”, son intragables y los de “Churrería”, en el “Gran Indonesia Mall”, son bastante aceptables), decidimos que había que ir a probarlos a Tapas, y fuimos (leímos, además, que solo los sirven hasta el mediodía).

La comida es muy buena y la atención también; Manuel, el dueño-chef (anglo-español), se acercó muy amable al final y nos pidió las críticas.  Acá van, descontando que, en general el lugar nos gustó mucho: los postres eran muy dulces (este es un problema común en Indonesia), la crema catalana tenía una capa de azúcar acaramelada muy gruesa y el flan de naranja era sencillamente empalagoso, si los postres son necesarios, mejor los helados o el mil hojas de fresas.  En cuanto a lo salado, todo muy rico y fresco.  La ensalada española (de atún), deliciosa; la tortilla española, buena.  El jamón ibérico, con su poco de aceite de oliva, inolvidable.

Ah, ¡los churros! Pequeños, suaves, sabrosos (jamás como los “de a sol” que vende, desde hace treinta años, el sexagenario señor en el cruce de las avenidas Arequipa y Gonzalez Prada, en Miraflores, pero dignos de repetirse).  El chocolate del cual se acompañan es soberbio, ¡imperdible!

Tapas Movida queda en Jl. Cipete Raya N.66, al frente del “Seven Eleven”.  Su teléfono: 021-5207078.

restaurante espanol tapas movida en yakarta selatan

Restaurante español "Tapas Movidas", en Cipete Raya 66, Jakarta Selatan.

La maldición de las veredas (iv)

Los “kaki lima” (literalmente “cinco pies”) son los primos hermanos de los mediáticamente célebres “carritos sangucheros” peruanos (había una conductora de “tolk-chou” que los repartía a diestra y siniestra, así como los políticos reparten camisetas, gorritas o computadoras, con la promesa de una vida mejor) o, tal vez, de las inolvidables carretillas de D´Onofrio (esas que en verano venían repletas de maravillosos helados y que, en invierno, se enmascaraban bajo una estructura de madera sobre la cual se colocaban los más deliciosos chocolates y galletas que en el mundo han sido -¿se nota que vivo lejos y que la provisión de “Sorrentos” y “Sublimes” escasea?-).

Los kaki lima llevan comida pre-cocida que terminarán de hervir o freír (según sea el alimento del que se trate) para satisfacer el gusto del cliente.  El exceso de picante dicen, no me constan -que de científico nada me alumbra-, tiene el propósito de eliminar las bacterias.  Debo confesar que jamás he comido allí, bastante tuve con los desórdenes gastrointestinales (¿suena elegante, no?) que arrastré varios meses desde que pisé estas tierras por primera vez y con la propaganda -disimulada pero constante- de tantos que dicen “ni se te ocurra comer en la calle”.  Si a estos factores le agregamos la costumbre indonesia de tocarse los pies inopinada y constantemente (“el bonito deporte de agarrarse las patas”, que le dice mi amiga María), ya se entenderá -y acaso perdonará- mi cobardía.

Como era de esperarse, los kaki lima ocupan los lugares en las veredas que no han sido capturados por obstáculos, macetas, tomas de agua, fierros o carretas.  Si en la foto aparece un solo carrito de comidas es porque estaba descansando, que a la hora de trabajar suelen colocarse uno junto al otro y hacer (sumando clientes, banquitos, cacerolas, baldes de lavado y gatos pedilones) un bloque compacto que, claro, liquida ese breve espacio por el que creímos que íbamos a conquistar la acera.

Un kaki lima en plena calle

Un "kaki lima" aparcado en plena vereda.

La maldición de las veredas (iii)

Caminar es uno de los placeres más sencillos que existen.  Andar por la calle, ya sea solo, distraído en los propios pensamientos, o acompañado, conversando de esto o de aquello, ha sido siempre algo que me aliviado días pesados y tardes tortuosas.  Aplanar calles ha sido una de mis viejas aficiones y siempre sentí que es la única manera de conocer verdaderamente una ciudad.

De chico anduve con mi padre por muchas calles, su manía de detenerse cada tanto para hablarme de frente, como para que las ideas que iba compartiendo conmigo no se las llevara el viento, hacía de esa caminata algo especial y creo que allí conocí lo que es andar sin rumbo fijo, solo por el gusto de hacerlo.  He paseado mi soledad muchas veces por calles desconocidas y me he alegrado saludando a gente que ignoro; aún en mi país es posible que el otro, el extraño (en realidad, la extraña), se sorprenda con el saludo y devuelva el buenos días y la sonrisa.  He recorrido avenidas con muchachas hermosas y he conversado (¿o monologado?) kilómetros, con entusiasmo.  Recuerdo a una en especial, morena ella, hermosa, de curvas y sueños, caminábamos la avenida Arequipa de arriba a abajo y hablábamos de futuros (que se hicieron pasados) y de planes (que vaya uno a saber si se realizaron).

Cuando llegué a Yakarta, donde, hay que decirlo, se vive con comodidad ante la curiosa pero casi siempre mirada amable de los indonesios, sentí que algo andaba mal, que algo no lograba convencerme de las virtudes de esta ciudad (que, sin embargo, ya me retiene más de tres años).  Pronto lo descubrí.  Salir a caminar en esta selva de cemento es un suplicio y hace que el más pacífico de los seres humanos se convierta en un energúmeno intoxicado con porciones iguales de monóxido de carbono y odio visceral por las motocicletas.

Como la idea es hacerle la vida imposible al peatón, todos los métodos son válidos.  Además de estacas de metal, tomas de agua, forados y macetas (la lista sigue, pero es muy larga), es muy común encontrarse con estas carretas que llevan casi siempre maleza y desperdicios.  Las jalan unos individuos sin ganas que generalmente avanzan por las pistas (haciendo el tráfico más angustiante, si  eso es posible) y las colocan (las depositan, las descansan, los ponen eventual o permanentemente) en cualquier vereda que  se encuentren al paso.   Últimamente descubrí que se trata muchas veces de “recogedores”, recicladores informales que, como en la foto, recolectan, por ejemplo, botellas de plástico para ser vendidas a las fábricas que las reciclan.  Hacen, ahora lo sé, un trabajo indispensable en una ciudad que, debido a la incapacidad de sus autoridades, se hunde en la basura.  Perdóneseme por no darles las gracias.

Al lado de la carreta transita un taxi, ¡los “Bluebird”! Una de las empresas que mejor trabaja en este país, pero de taxis y taxistas ya hablaremos otro día.

Una carreta obstruye lo poco de calle que queda

Una carreta obstruye lo poco de calle que queda con su cargamento de botellas de plástico para ser vendidas a los recicladores.

La maldición de las veredas (ii)

En las veredas de Yakarta uno puede encontrar de todo, desde vendedores ambulantes hasta automóviles cómodamente estacionados, la idea -obsesiva- es que no puedan circular los peatones.  ¿Por qué?  Nadie lo sabe, o nadie lo dice.  ¿Será, tal vez, un secreto voto de rebeldía contra el orden occidental -inúltilmente- impuesto por los holandeses?  ¿Se deberá a una nostalgia por la selva destruida a fuerza de ciudades y asfalto?  Lo único evidente es que andar por ellas resulta una tortura, una invitación a refugiarse en los automóviles y motocicletas que todo lo contaminan pero que pueden recorrer las distancias -casi siempre- impunes.

Cuando no es la carreta de la basura o de la maleza, cuando no se trata de los automóviles o de las motos mal estacionadas, cuando no es que al vecino se le ocurrió sembrarlas de macetas, las veredas se hallan bloqueadas por estacas de metal que pretende evitar que los motociclistas las usen de vía rápida o que los ambulantes las conviertan en comedor informal y al aire libre.  Si el bloqueo metálico viene acompañado -como en la foto- de una toma de agua -inservible- para los coches de bomberos -que jamás he visto-, tanto mejor.

Vereda bloqueada por estacas metalicas y una toma de agua

Vereda bloqueada por estacas metálicas y una toma de agua.

 

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