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Con cuidado

La ventaja (?) de los aeropuertos pequeños es que te permiten ver cosas que en los gigantescos están ocultas tras puertas cerradas en las que cuelga un cartel que dice: “ingreso solo del personal autorizado”.

¿Se han preguntado alguna vez cómo tratan su elegantísima maleta los cargadores de los aeropuertos? Las tiran como sacos de papas, así que con un equipaje más o menos resistente y más o menos cómodo, basta y sobra, todo lo demás es un desperdicio.

En el bus

Un bus nos espera junto a la escalera, al lado de la manga por la cual salimos del avión, y nos transporta -por dos minutos- al terminal que se halla a unos pocos metros pero cuya conexión con la mentada zona de desembarco es inexistente.

Siempre me he preguntado, ¿por qué a la gente le encanta pararse en la puerta y obstaculizarlo todo?

En la manga

El aeropuerto de Bali es internacional y tiene una sección moderna y funcional. Garuda, la mejor línea aérea indonesia, aterriza allí. Nos espera la manga que permite bajar cómodamente y evitar la persistente llovizna de Bali.

Sin embargo, algo hace lento el avance por la manga… Luego de treinta metros hay que desviarse, bajar las escaleras, volver a la vera de la pista de aterrizaje ¡y tomar un bus hasta el terminal!

Ananda Sukarlan

En “Garuda Magazine”, la revista de la línea aérea que nos trajo a Bali, aparece una entrevista a Ananda Sukarlán, compositor y pianista, el más afamado de Indonesia.

Si bien reside en España, Ananda viene con frecuencia a su patria y organiza -incansable- (y codo a codo con Chendra Panatán, su productor en Yakarta), conciertos de piano, concursos, recitales de música clásica, clases maestras y todo lo imaginable para promover la cultura musical en su país.

No solo es un trabajador tenaz, es, sobre todo, una persona sencilla y asequible, de charla amena y conversaciones profundas y solidarias. Busquen en Youtube su “Rapsodia Nusantara”.

iPad o libro

Un grupo de jóvenes se dirige a un festival de escritores; algunas de ellas disfrutan de la lectura de sus libros, los han comprado especialmente porque tienen planeado conocer a los autores y perdirles autógrafos; otras se divierten jugando o viendo películas en el iPad que llevan, ¿quién ganará la batalla?

Macet (machet)

Ir al aeropuerto de Yakarta desde el sur de la ciudad (Pondok Indah) debiera demorar cuarenta minutos y puede, de hecho, tomarte tres horas. El promedio es noventa minutos.

Esta foto fue tomada desde uno de los asientos del bus que nos trajo al “Ubud Writers Festival”, demoró más el bus de un lado al otro de la ciudad que el vuelo de la isla de Java a la isla de los dioses.

Pasarse la luz roja (i)

En algunos lugares del mundo pasarse la luz roja se castiga con una multa feroz y hasta es posible que sea cancelada la licencia de conducir del infractor, acá, en Indonesia, somos más tolerantes.  La luz roja es, muchas veces, una referencia, un llamado a la buena voluntad del conductor, un “a ver si paras” que sale casi como una súplica.

Por ejemplo, en Kemang, la zona donde abundan los expatriados, en la esquina en la que se encuentran McDonalds y Starbucks, el semáforo es un hermoso adorno cuyos mensajes y órdenes, a colores, nadie se toma la molestia de acatar.  Los primeros disidentes (hoy, en el almuerzo, un compañero de trabajo explicaba su particular versión del caos que abunda por estas tierras: “es que los indonesios aman la libertad y se ponen de muy mal humor cuando les quieren poner límites y normas; lo que hacen es rebelarse contra el sistema”) son los motociclistas.  No saben qué significa detenerse y creen que es un asunto de posibilidades.  Me explico.  Un auto o una camioneta no avanzan “porque no puede pasar” y, como las motos son pequeñas, ellas “sí pueden” y avanzan; que eso signifique violar media docena de leyes de tránsito, es lo de menos.

En la foto, la primera de las que muestran los sucesos en esa esquina, se ve cómo los motociclistas consideran que está bien continuar su rumbo y así lo hacen.  El pequeño detalle del semáforo en rojo es una minucia en la que, obviamente, no pierden el tiempo en reparar.

Motociclistas en Kemang Raya, pasandose la luz roja

Motociclistas en Kemang Raya, pasándose la luz roja.

Una copita

Si bien Indonesia no es un país musulmán (aún siendo el país con mayor número de musulmanes), muchas de las creencias de aquella fe tienen presencia en la vida cotidiana.  Por ejemplo, el asunto del alcohol.  Aunque no esté prohibido, se guarda discretamente durante el Ramadán (el más sagrado mes de los  musulmanes, en el que los fieles realizan el ayuno) y solo es posible obtener una cerveza o una botella de vino preguntándole a la dependiente que andará dando vueltas por alguna zona del supermercado con un  papel en la mano que contiene la lista de los licores disponibles y sus precios.

Los demás meses del año el tema es más sencillo (o menos hipócrita) y se pueden comprar algunas botellas, aunque los precios suelen ser absolutamente disparatados.  Los comerciantes les echan la culpa al gobierno y a los impuestos que cobra (que, al parecer, son muchos)  y dicen que es por eso que un vino chileno -que en Santiago te cuesta diez dólares- acá puede venderse, sin asco alguno, en cuarenta.  Supongo que la distancia hace lo suyo, pero tampoco es que los vinos australianos sean muy baratos.  En los centros comerciales de algún postín es fácil encontrar tiendas especializadas, muchas veces adjuntas a algún restaurante francés o italiano y allí cada botella te la cobran como única.

La alternativa (en precios y muchas veces en variedad) son los famosos “duty free”.  Hay varios en la ciudad y su funcionamiento sigue siendo un misterio para mí.  Hay épocas en que se comportan como cualquier tienda normal y observan un horario más o menos lógico, hay otras en las que abren cuando mejor se les antoja y cierran cuando quieren (algo escuché de una cuota diaria de ventas que no pueden exceder, ignoro si es cierto).  Por otro lado, a veces cualquier extranjero puede comprar, pero hay días en que te dicen “maaf” (disculpe) porque solo miembros de las embajadas acreditadas ante el gobierno pueden adquirir en esas tiendas.

El otro día fui y pregunté y me salieron con eso de “solo embajadas”, luego, cuando insistí, me preguntaron si tenía “kitas”, el documento de los trabajadores residentes “no-inmigrantes”, y me dijeron, al decirles que sí, que podían venderme “tres botellas”; “es que tengo una gran fiesta”, forcé la mano, y me respondieron “podemos coordinar”.  Como nunca haré esa fiesta ni beberé ese vino (soy aburridamente abstemio), no sabremos si se puede o no, pero intuyo, solo intuyo, que, como en casi todas partes, el tema “es conversable”…

Tienda duty free en Yakarta

Tienda "duty free" en Yakarta.

Comer en Yakarta (Tapas Movida)

Comer en Yakarta siempre tiene sus bemoles, ¿será un buen restaurante? y, si lo era, ¿seis meses después seguirá siéndolo?  El concepto de mantenimiento no logra calar aún por estos lares y es muy común que lo que empieza prometedoramente bien termine, en menos de un año, tragado por la mediocridad y el “así-no-más”.  El “kosong” (literalmente “vacío”) está a flor de labios en los dependientes, porque la incapacidad para mantener las bodegas aprovisionadas hace que no haya restaurante en Indonesia donde no se escuche el “no hay” (y no hablo de alguna rareza que alguien pida -antojadizo- solo para molestar, me refiero a los productos que ellos mismos ofrecen en sus cartas).  Muy pocos lugares son capaces de mantener un mismo nivel a través de los años y es por eso que a nadie le extraña que los negocios terminen cerrando para dar paso a nuevos locales, con sus nuevas promesas y nuevas decepciones.  Esa fue la razón por la que hace tiempo decidimos atrincherarnos en el “Mandarín Oriental”; pero de ese hotel y de nuestros fines de semana en sus aún pacíficas instalaciones (empiezan a perder la guerra, o así nos lo parece) escribiré con calma más adelante.

Para ir desde nuestro departamento a Kemang, esa zona de la ciudad donde los “bulé” (los extranjeros blancos) pasan los fines de semana (desde los escolares que tienen su trinchera en “Splash” -¿Adrenaline Park?- hasta los viejos panzones acompañados de chiquillas indonesias en “Eastern Promises”), hay que recorrer “Jalan Cipete Raya” (léase “yalán chipete raya”), cerca del colegio Francés.  Andando por allí (que a veces nos da por desafiar a los dioses a ver si es posible sobrevivir de peatones en Yakarta) nos encontramos el otro día con un nuevo restaurante, se llama “Tapas Movida” y el toro del cartel ofrece comida española.

Como acá no es sencillo conseguir comida ibérica (lo que abundan son restaurantes italianos, que merecerán un repaso particular) y los dos únicos lugares donde he probado churros se hallan lejos (los de Moya, cerca de “Citywalk mall”, son intragables y los de “Churrería”, en el “Gran Indonesia Mall”, son bastante aceptables), decidimos que había que ir a probarlos a Tapas, y fuimos (leímos, además, que solo los sirven hasta el mediodía).

La comida es muy buena y la atención también; Manuel, el dueño-chef (anglo-español), se acercó muy amable al final y nos pidió las críticas.  Acá van, descontando que, en general el lugar nos gustó mucho: los postres eran muy dulces (este es un problema común en Indonesia), la crema catalana tenía una capa de azúcar acaramelada muy gruesa y el flan de naranja era sencillamente empalagoso, si los postres son necesarios, mejor los helados o el mil hojas de fresas.  En cuanto a lo salado, todo muy rico y fresco.  La ensalada española (de atún), deliciosa; la tortilla española, buena.  El jamón ibérico, con su poco de aceite de oliva, inolvidable.

Ah, ¡los churros! Pequeños, suaves, sabrosos (jamás como los “de a sol” que vende, desde hace treinta años, el sexagenario señor en el cruce de las avenidas Arequipa y Gonzalez Prada, en Miraflores, pero dignos de repetirse).  El chocolate del cual se acompañan es soberbio, ¡imperdible!

Tapas Movida queda en Jl. Cipete Raya N.66, al frente del “Seven Eleven”.  Su teléfono: 021-5207078.

restaurante espanol tapas movida en yakarta selatan

Restaurante español "Tapas Movidas", en Cipete Raya 66, Jakarta Selatan.

La maldición de las veredas (iv)

Los “kaki lima” (literalmente “cinco pies”) son los primos hermanos de los mediáticamente célebres “carritos sangucheros” peruanos (había una conductora de “tolk-chou” que los repartía a diestra y siniestra, así como los políticos reparten camisetas, gorritas o computadoras, con la promesa de una vida mejor) o, tal vez, de las inolvidables carretillas de D´Onofrio (esas que en verano venían repletas de maravillosos helados y que, en invierno, se enmascaraban bajo una estructura de madera sobre la cual se colocaban los más deliciosos chocolates y galletas que en el mundo han sido -¿se nota que vivo lejos y que la provisión de “Sorrentos” y “Sublimes” escasea?-).

Los kaki lima llevan comida pre-cocida que terminarán de hervir o freír (según sea el alimento del que se trate) para satisfacer el gusto del cliente.  El exceso de picante dicen, no me constan -que de científico nada me alumbra-, tiene el propósito de eliminar las bacterias.  Debo confesar que jamás he comido allí, bastante tuve con los desórdenes gastrointestinales (¿suena elegante, no?) que arrastré varios meses desde que pisé estas tierras por primera vez y con la propaganda -disimulada pero constante- de tantos que dicen “ni se te ocurra comer en la calle”.  Si a estos factores le agregamos la costumbre indonesia de tocarse los pies inopinada y constantemente (“el bonito deporte de agarrarse las patas”, que le dice mi amiga María), ya se entenderá -y acaso perdonará- mi cobardía.

Como era de esperarse, los kaki lima ocupan los lugares en las veredas que no han sido capturados por obstáculos, macetas, tomas de agua, fierros o carretas.  Si en la foto aparece un solo carrito de comidas es porque estaba descansando, que a la hora de trabajar suelen colocarse uno junto al otro y hacer (sumando clientes, banquitos, cacerolas, baldes de lavado y gatos pedilones) un bloque compacto que, claro, liquida ese breve espacio por el que creímos que íbamos a conquistar la acera.

Un kaki lima en plena calle

Un "kaki lima" aparcado en plena vereda.

La maldición de las veredas (iii)

Caminar es uno de los placeres más sencillos que existen.  Andar por la calle, ya sea solo, distraído en los propios pensamientos, o acompañado, conversando de esto o de aquello, ha sido siempre algo que me aliviado días pesados y tardes tortuosas.  Aplanar calles ha sido una de mis viejas aficiones y siempre sentí que es la única manera de conocer verdaderamente una ciudad.

De chico anduve con mi padre por muchas calles, su manía de detenerse cada tanto para hablarme de frente, como para que las ideas que iba compartiendo conmigo no se las llevara el viento, hacía de esa caminata algo especial y creo que allí conocí lo que es andar sin rumbo fijo, solo por el gusto de hacerlo.  He paseado mi soledad muchas veces por calles desconocidas y me he alegrado saludando a gente que ignoro; aún en mi país es posible que el otro, el extraño (en realidad, la extraña), se sorprenda con el saludo y devuelva el buenos días y la sonrisa.  He recorrido avenidas con muchachas hermosas y he conversado (¿o monologado?) kilómetros, con entusiasmo.  Recuerdo a una en especial, morena ella, hermosa, de curvas y sueños, caminábamos la avenida Arequipa de arriba a abajo y hablábamos de futuros (que se hicieron pasados) y de planes (que vaya uno a saber si se realizaron).

Cuando llegué a Yakarta, donde, hay que decirlo, se vive con comodidad ante la curiosa pero casi siempre mirada amable de los indonesios, sentí que algo andaba mal, que algo no lograba convencerme de las virtudes de esta ciudad (que, sin embargo, ya me retiene más de tres años).  Pronto lo descubrí.  Salir a caminar en esta selva de cemento es un suplicio y hace que el más pacífico de los seres humanos se convierta en un energúmeno intoxicado con porciones iguales de monóxido de carbono y odio visceral por las motocicletas.

Como la idea es hacerle la vida imposible al peatón, todos los métodos son válidos.  Además de estacas de metal, tomas de agua, forados y macetas (la lista sigue, pero es muy larga), es muy común encontrarse con estas carretas que llevan casi siempre maleza y desperdicios.  Las jalan unos individuos sin ganas que generalmente avanzan por las pistas (haciendo el tráfico más angustiante, si  eso es posible) y las colocan (las depositan, las descansan, los ponen eventual o permanentemente) en cualquier vereda que  se encuentren al paso.   Últimamente descubrí que se trata muchas veces de “recogedores”, recicladores informales que, como en la foto, recolectan, por ejemplo, botellas de plástico para ser vendidas a las fábricas que las reciclan.  Hacen, ahora lo sé, un trabajo indispensable en una ciudad que, debido a la incapacidad de sus autoridades, se hunde en la basura.  Perdóneseme por no darles las gracias.

Al lado de la carreta transita un taxi, ¡los “Bluebird”! Una de las empresas que mejor trabaja en este país, pero de taxis y taxistas ya hablaremos otro día.

Una carreta obstruye lo poco de calle que queda

Una carreta obstruye lo poco de calle que queda con su cargamento de botellas de plástico para ser vendidas a los recicladores.

La maldición de las veredas (ii)

En las veredas de Yakarta uno puede encontrar de todo, desde vendedores ambulantes hasta automóviles cómodamente estacionados, la idea -obsesiva- es que no puedan circular los peatones.  ¿Por qué?  Nadie lo sabe, o nadie lo dice.  ¿Será, tal vez, un secreto voto de rebeldía contra el orden occidental -inúltilmente- impuesto por los holandeses?  ¿Se deberá a una nostalgia por la selva destruida a fuerza de ciudades y asfalto?  Lo único evidente es que andar por ellas resulta una tortura, una invitación a refugiarse en los automóviles y motocicletas que todo lo contaminan pero que pueden recorrer las distancias -casi siempre- impunes.

Cuando no es la carreta de la basura o de la maleza, cuando no se trata de los automóviles o de las motos mal estacionadas, cuando no es que al vecino se le ocurrió sembrarlas de macetas, las veredas se hallan bloqueadas por estacas de metal que pretende evitar que los motociclistas las usen de vía rápida o que los ambulantes las conviertan en comedor informal y al aire libre.  Si el bloqueo metálico viene acompañado -como en la foto- de una toma de agua -inservible- para los coches de bomberos -que jamás he visto-, tanto mejor.

Vereda bloqueada por estacas metalicas y una toma de agua

Vereda bloqueada por estacas metálicas y una toma de agua.

 

La maldición de las veredas (i)

Pasear por las calles de Yakarta es iniciar una jornada que nadie sabe cómo va a terminar.  Puede acabar con una pierna rota y atascada en uno de los tantos huecos que hay en las veredas o, peor, con el aventurero -llámese también peatón- tragado sin demasiado remilgo por algún forado lo suficientemente grande como para que el mencionado cristiano -o musulmán o ateo, que en estas cosas la Parca no repara en detalles- pase por completo y vaya a aumentar la carga de desechos que congestionan canales, acequias y riachuelos.  En épocas de lluvia (y la de hoy al mediodía estuvo feroz y hermosa -claro, vista desde la impunidad de mi salón con aire acondicionado-) el asunto se torna más complicado y peligroso.

Pero no solo es una cuestión de mal mantenimiento, deterioro o simple destrucción de las veredas, el asunto viene acompañado de una obsesión por bloquear las pocas que existen.  Hay zonas de la ciudad donde sencillamente no hay un espacio diferenciado para el paso de los peatones; así, en los “kampung” -que son las sobrevivientes y antiguas villas que están siendo absorbidas por el crecimiento voraz de una ciudad que intenta reemplazarlas por edificios- caminantes, autos, motos, carretas y animales comparten el mismo espacio y nadie se altera.  Hay otros lugares en Yakarta (Menteng, por ejemplo) donde la occidentalización consiguió imponer su lógica de aceras y pistas para dividir y ordenar el tránsito de personas y coches, sin embargo, una silenciosa resistencia le hace la guerra a las veredas y las va derrotando -inutilizando- poco a poco.

En la foto una de las calles de la avenida Terogong, en Cilandak (léase “chilandak”, que la “c” suena “ch”).  ¿Para qué sirven las veredas en Yakarta? ¡Pues para poner macetas! Y cuanto más grandes, mejor.

Vereda en Cilandak invadida por macetas

Vereda en Jalan Terogong Raya, en Cilandak, invadida por macetas inmensas.

Ai du not espik inglish

Si bien todas las lenguas sufren (o se nutren, según se vea) de las influencias de otros idiomas, sucede que algunas resisten más que otras.

El inglés, la lengua dominante en los últimos cien años, ha ido imponiéndose alrededor del mundo y se usa en los negocios y en la diplomacia.  Un rumano puede sentarse a la misma mesa con un chino y un mexicano y conversarán de acciones e inversiones en la lengua de Shakespeare, lo mismo sucederá en una reunión de los ministros de economía de la Unión Europea o en el almuerzo del equipo de fútbol que tenga varios extranjeros jugando bajo sus insignias.  Dicho esto, y aceptando que el inglés ha avanzado como la lengua de la comunicación universal (además de ser el idioma en el cual se nombran la inmensa mayoría de los avances científicos y tecnológicos), hay que observar también que hay idiomas más resistentes que otros, y países y grupos humanos más renuentes a utilizarlo en la vida cotidiana.

Acá, en Indonesia, la presencia del inglés es cada vez mayor, muchas de las propagandas de la TV o de la prensa escrita vienen en ese idioma, los titulares de las revistas más importantes también lo usan y los carteles de las grandes transnacionales, lo mismo.  No es raro hallar carteles bilingües y aún las señales de los “stop” (que, claro, nadie respeta, ¿será que no entienden qué significa?) aparecen en inglés.  La influencia de este idioma en el indonesio (cuya lengua base es el malayo) es inmensa e imparable, el mismo presidente del país, SBY, se luce de rato en rato en sus discursos con alguna palabra o frase que los hijos de Churchill entenderían mucho mejor que los ciudadanos de la patria de Sukarno.

En la foto, un camión de una empresa que se dedica al lavado de ropa, como se observa, toda la información se halla en inglés aunque el vehículo esté circulando en plena Yakarta.

Camion de lavanderia con informacion en ingles

Camión de lavandería con toda la información de sus servicios escrita en inglés.

Agua que no has de beber…

Comenzaron las lluvias en Yakarta.  La entidad encargada de vigilar el comportamiento climático dijo que los aguaceros vendrían “en octubre o noviembre” y el clima, que siempre se empeña en darle la contra a los analistas del tiempo, decidió adelantarse y comenzó a llovernos en setiembre.  Aún son lluviecitas de atardecer, ligeras y cortas, todavía no se ensañan con la ciudad, pero lo harán pronto.

Los canales, una vez más, no resistirán, se atorarán (de tanta basura y desperdicios que los ciudadanos arrojan sin el menor remordimiento) y empezarán a lanzar sus aguas negras por la ciudad.  Las partes bajas se inundarán (Yakarta tiene una geografía ondulante pero eso solo puede observarse con certeza cuando se ve el agua correr), los pobres perderán de nuevo lo poco que tienen, alguien será arrastrado por la corriente, algunas desgracias nuevas ocurrirán y se alimentarán un poco más las estadísticas.

La gente parece no entender que ensuciar los canales, riachuelos y ríos es condenarse a sufrir desbordes que el gobierno es incapaz de controlar; y, al mismo tiempo, el estado parece no comprender que sin un sistema efectivo y eficiente de recolección de basura, la población no halla otra manera de deshacerse de los desperdicios.

Esta es la foto de un canal de agua cualquiera, de los miles que hay en la ciudad; la basura empieza a apoderarse del cauce y, con los primeros chubascos, vomitará sus porquerías por las calles de Yakarta.  Como todos los años.

basura en un canal de agua, promesa de proximas inundaciones

La basura empieza a acumularse en un canal de agua como promesa de próximas inundaciones.

¡Susana Baca en Indonesia!

Sábado 17 de setiembre. Son las dos y treinta de la tarde. Hemos terminado, mi rubia y yo, de devorar (eso solo yo, que ella come discretamente) nuestro acostumbrado y pantagruélico “brunch” sabatino en “Lyon”, el restaurante francés del hotel “Mandarin Oriental” en Yakarta (donde, además, resulta relajante conversar en español con Jaquie, la mexicanísima gerente). A fuerza de rutina, leemos el diario; pasamos de la crisis del euro a la corrupción de los políticos locales y, aburridos de la misma cantaleta de desgracias y crímenes, decidimos saltarnos hasta las páginas culturales (que no son muchas, dicho sea de paso). ¡Cuál no será la sorpresa cuando nos encontramos con un reportaje a tres columnas que habla de la trayectoria artistica de Susana Baca!

Nadie, que yo sepa, pone en entredicho el aporte de Susana Baca y su valor como artista que representa mucho de lo bueno de nuestras manifestaciones culturales. Ella, que se ha pasado los últimos treinta años rescatando la cultura negra peruana, llevando el nombre y las artes del Perú alredor del mundo y difundiendo nuestro folkore, aparece magnífica en la nota escrita por Frank Bajak.

Hace poco decidió entrar en política y es, desde fines de julio, Ministra de la Cultura del nuevo gobierno del presidente Ollanta Humala, ¿hizo bien? ¿Le pasarán -la política y sus miserias- la factura? ¿Ensombrecerá casi tantos años de trabajo en las penumbras de la burocracia? Muchas voces se alzan ya en contra de su decisión de honrar sus compromisos como artista que la obligan a abandonar constantemente su despacho ministerial, ¿hace bien? ¿Debió, al aceptar el cargo, renunciar a todo y dedicarse a tiempo completo a sus funciones? El asunto da para la polémica y ya se verán sus resultados.

Esta es la página 28 del “Jakarta Post” y, ministra o no, acertada en sus decisiones políticas o no, da alegría (perdóneseme el chauvinismo) verla en la foto del diario feliz, descalza, libre, viva y emocionada, cantando como solo ella sabe y nosotros aplaudimos.

susana baca en indonesia en el jakarta post

Susana Baca en el Jakarta Post, 17 de setiembre del 2011.

¿Se hace camino al andar?

Esta semana les puse a mis alumnos una nueva poesía en la pizarra (he decidido poner un poema breve cada semana, aunque no lo entiendan por completo -son alumnos de español como segunda lengua-, creo que algo les dirá, que las ideas, que discutimos brevemente antes de la lección del día, quedarán dando vueltas en sus cerebros y, quién sabe, les cambie la vida o su manera de verla). Insistí con Antonio Machado y su “Caminante, no hay camino…”.

Esta mañana salimos a andar por las calles (“vamos a ver si tomo algunas fotos para el blog”, le dije a mi rubia y ella, infatigable y fiel, me dijo “vamos”). Caminar en Yakarta es una tortura que el buen Machado no imaginó. Por alguna razón que se pierde en la oscuridad, prevalece una especie de conjura contra las veredas. O sencillamente no existen o, si algún iluso las construyó, languidecen -o son destruidas- sin que a nadie parezca incomodarle el asunto.

En la foto aparece una calle cualquiera de la que -intuyo- prometió ser una moderna avenida; Fatmawati se ahoga hoy entre un tráfico odioso, la basura que lo inunda todo, las veredas vandalizadas y los automóviles y carritos de comida al paso estacionados prepotentemente donde alguno soñó alguna vez encontrarse con cientos de transeúntes.

Una calle cualquiera de la avenida Fatmawati

Una calle cualquiera de la avenida Fatmawati.

En dos ruedas

Las motos son el modo de transporte más común en Indonesia.  Se calcula que existe entre 55 y 60 millones de motos en todo el archipiélago (con una población cercana a los 240 millones de seres humanos) y se utilizan para todo lo que uno pueda imaginar.  Las motos lo inundan todo y están en todas partes, parecen tener el don de la ubicuidad y no hay lugar donde no se las vea, ya sea transportando a alguien al trabajo, trasladando a una familia entera, sirviendo de vehículo de carga de objetos que doblan su tamaño o llevando hamburguesas y pizzas “delivery”.  En Indonesia, todo lo imaginado (y lo inimaginable) se puede hacer en ellas.

En las motos se vive y se muere, cientos de personas pierden la vida cada año en accidentes de tránsito donde las motocicletas están involucradas; el exceso de velocidad, las imprudencias, los tantos que no usan casco (y los muchos más que los usan sin abrocharlos) son motivo suficiente para hacer que las cifras de accidentes fatales aumenten día a día. La ausencia (en Yakarta) de un sistema de transporte público adecuado ha permitido que las fábricas de motocicletas hagan su agosto (el Transjakarta no ha sido la solución y dicen que, por fin, el proyecto del metro tiene visto bueno y la primera línea empezaría a funcionar “en algunos años”) y han terminado de arruinar una red vial deficiente.  Los apocalípticos dicen que entre el 2014 y el 2018 la ciudad colapsará y que el  “macet” (léase “machet”, es decir, el tráfico detenido) será una especie de “jaque perpetuo” que paralizará la ciudad.

Siempre le comento a Sandra, exquisita fotógrafa y querida amiga, que debiera venirse una temporada a Yakarta solo a tomar fotos de motocicletas y motociclistas.  Es tal la variedad y tanto todo lo que se puede ver y eternizar a través de la cámara que daría para más de una exposición.  Mientras tanto, hasta que ella se anime, este es mi humilde aporte: una motocicleta transportando un pollo muerto.

Una motocicleta descansa a la vera del camino con un pollo muerto

Una motocicleta descansa a la vera del camino, su carga, un pollo muerto.

En Yakarta siempre es verano

En Lima, en esa ciudad que encierra mucho de todo el Perú y donde más de ocho millones de habitantes luchan por sacarle vida al desierto (Pachacámac era un cementerio, ¿por qué a los españoles se les ocurrió que era buena idea fundar la capital por esos lares?, ¿qué les pareció mal del Valle Sagrado de los Incas?, ¿la lejanía de los puertos?, ¿el miedo a ser copados y acogotados por los mismos indígenas a quienes ellos, tan gentilmente, les hicieron lo mismo?), solemos decir que “solo existen dos estaciones, verano e invierno”.  Lo de “invierno” es algo que le genera una ligera sonrisa a mi rubia, que conoce bien de las heladas en Bielorrusia -que pueden bajar a menos veinte grados- y quien, al llegar al aeropuerto Jorge Chávez, en pleno julio, me dijo inocentemente “esto es verano en Minsk”.

Hay que confesar que eso de “solo dos estaciones” me ha generado siempre cierta delicada envidia cuando veo las fotos de los otoños melancólicos o de las primaveras coloridas en otras partes del mundo, sin embargo, al  mudarme a Yakarta (bueno, también viví en Miami, pero eso no vale porque fueron como unas largas vacaciones en Disney, donde todo funciona, pero nada es de verdad) me di cuenta de lo que es vivir en un lugar donde solo hay una estación.  Es que en Yakarta siempre es verano, o llueve o no llueve (y el asunto es más o menos equilibrado) pero siempre hace un calor (entre veinticinco y treinta y cinco grados) digno de esas playas paradisíacas que acá no existen  (¡y es una isla y estamos al lado del puerto y a sesenta minutos en avión de Bali!) o están a cuatro o cinco horas de tráfico (que es como si no existieran).

El periódico dice hoy que la temporada de lluvias empezará en octubre, veremos si las autoridades limpian canales y riachuelos y así se evita que, como todos los años, un aguacero más o menos persistente termine en inundaciones.  En la foto, tomada la temporada pasada desde el restaurante del sexto piso del hotel Ritz, junto al centro comercial “Pacific Place”, puede apreciarse parte de la ciudad bajo los rigores de las aguas…

Lluvia en Yakarta vista desde el Ritz en Pacific Place

Lluvia en Yakarta, vista desde el Ritz, en "Pacific Place".

¡Aguas!

Cuando llegué a México hace ya varios años (vivir en el Distrito Federal fue una de mis más gratas experiencias y de ella doy cuenta en mi viejo blog “Desde Texcoco“) me sorprendió el grito “¡aguas!” cada vez que alguien pretendía ponerme a  salvo de algún mal.

La explicación que recibí entonces hacía referencia a las viejas costumbres de las ciudades medievales sin agua (ni desagüe).  Las casas no contaban con servicio de alcantarillado y las personas que en ellas habitaban utilizaban el líquido provenientes de fuentes, pozos, ríos o lagos cercanos, para lavarse, bañarse y, claro, también, deshacerse de los restos que el cuerpo humano es incapaz de absorber (en estado líquido y sólido).  Esas aguas utilizadas, que llamamos ahora “aguas servidas” o “aguas residuales” debían ser eliminadas de los hogares donde, evidentemente, sus perfumes constituían un problema.  Como una cosa es tomarse la molestia de ir al riachuelo más cercano para hacerse de las aguas imprescindibles y otra muy distinta es tener que hacer el mismo recorrido para despachar las aguas sucias, los cristianos que habitaban esos hogares no hallaron mejor manera que librarse del asunto arrojando esos líquidos por la ventana.  Como alguna pizca de consideración les quedaba (o porque algún afectado, alguna vez, estranguló al causante, eso no lo sabemos), antes de lanzar los líquidos por la ventana gritaban “¡agua va!” para darle tiempo a los transeúntes de quitarse del camino de tan oloroso y recargado envío.

Al parecer, el tiempo y la distancia (el asunto atravesó el Pacífico y llegó hasta las costas de las tierras aztecas conquistadas por los españoles) redujeron la frase a la sola palabra “aguas” y luego la convirtieron en señal de alarma y advertencia que sirve, ahora, no para librar a los andantes de algún líquido sino, por extensión, para alertar a la gente de cualquier peligro.

Lo interesante de todo este asunto es que cuando llegué a Indonesia me encontré con la misma palabra (se pronuncia igual, se escribe diferente, “awas”) con el mismo significado de “cuidado”.  ¿Cómo es posible? ¿Acaso los idiomas guardan ciertas relaciones que aún somos incapaces de entender? Seguramente sí, pero en este caso, la cosa es más sencilla.  El archipiélago indonesio fue conquistado sucesiva y simultáneamente por varios ejércitos colonizadores, entre ellos los holandeses, los ingleses, los portugueses y los españoles.  Por ello, el día de hoy encontramos en el indonesio (cuya raíz principal es el malayo) palabras de origen latino (zapato=zepatu, mesa=meja) y también expresiones que, seguramente, trajeron los marinos españoles cuando anduvieron por estos rumbos.

cartel junto a una construccion que alerta a la gente de una zanja abierta

"AWAS!" (¡cuidado!), dice el cartel puesto junto a una construcción alertando a la gente sobre la existencia de una zanja abierta unos metros más allá.

“The newlywed Peruvian and Belarusian couple”

Esta es la entrevista que nos hicieron a Alesia (mi paciente y amorosa rubia) y a mí en “Jakarta Expat” (edición 51, setiembre 2011), una revista para los expatriados que se edita en Indonesia.  Acá pueden revisar la versión electrónica de la revista (¿conocen http://issuu.com/?): http://issuu.com/jakartaexpat/docs/preview_issue_51__low-res

Nadie sabe cuántos expatriados viven en el archipiélago, algunas cifras hablaban de unos 46,000 el año 2010 aunque  hoy se manejan números que llegan a los 80,000.

Entrevista, Alesia y JL en Jakarta Expat

Entrevista que nos hicieron en la revista "Jakarta Expat" que se publica en Indonesia.

Masajes plas plas

Como en cualquier otra ciudad grande (que “gran ciudad” significa otra cosa y es un calificativo que se merecen muy pocas), en Yakarta abundan los “servicios femeninos” (prostitución enmascarada bajo diferentes disfraces: masajistas a domicilio, “spas”, salones para ejecutivos, bares y discotecas).

Esta foto es parte de la página de avisos clasificados de uno de los diarios en inglés que circulan en el archipiélago. Los bulé (“extranjeros blancos”, término que viene desde tiempos de los conquistadores holandeses) son un mercado muy buscado por las redes de prostitución. La modalidad más común de encubrimiento es el “masaje plus plus” (que pronuncian “plas-plas” y cuya idea nace de la manera en la que se expresan los precios de las cosas, que cuestan “tanto, más impuestos y más servicios”).

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