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Indonesio básico, jale

Si “dorong” nos hace empujar para que la puerta se abra, al encontranos con la palabra “tarik” deberemos realizar la acción inversa, es decir, “jalar” para conseguir paso franco.

Si revisamos lo que hemos aprendido, tenemos ya cuatro palabras básicas para pasear por Yakarta; a saber, “tutup” que se opone a “buka” (como en español se enfrentan “cerrado” y “abierto”) y “dorong” que se contrapone a “tarik” (de la misma manera que “empuje” está en las antípodas de “jale”).

El “bonus extra” de hoy es la frase “terima kasih”, que quiere decir “gracias” y que, dicha con una sonrisa, hará nuestra vida en el archipiélago indonesio mucho más cómoda y amable.

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Indonesio básico 3, empuje

Otra palabra importante en indonesio es “dorong”; sin el “empuje” que ella significa nos quedaríamos atrapados en el edificio sin saber cómo abrir la puerta.

Indonesio básico 2, abierto

Si “tutup” es el portazo doble que se da en la cara de aquel que quiere ingresar a algun lugar que ya ha cerrado, “BUKA” (que a mi se me antoja una boca, femenina, hospitalaria, generosa y fresca, entregándose a los labios sedientos del varón que llega) es una palabra que, a pesar de esa “k” que arriesga hacerla cortante y feroz, se presenta como la lluvia prometida, el agua necesaria, el indispensable “abierto” que devuelven energías y esperanzas.

Indonesio básico 1, cerrado

A través de los pequeños carteles bilingües que abundan en los establecimientos de la ciudad, es posible ir aprendiendo, poco a poco, algunas palabras claves en indonesio. La primera, de las que voy a coleccionar y publicar en este espacio, es “TUTUP” (se pronuncia como se lee, que en indonesio hay pocas excepciones a esa regla). Es indispensable grabarse esa palabra porque la encontraremos en muchos lugares a los que lleguemos fuera del horario de atención. “Tutup” significa “cerrado” (algo que deprime a más de un expatriado trasnochador cuando lo lee en la puerta de su bar favorito).

Los peligros del “té de tías”

Nada tengo contra las canas (esas que no peinaré ya sea -sin suerte- porque el infarto me expulse de ellas como de tantas otras probables cosas o -con suerte- porque la calvicie, evidente ya, no me deje ni un solo pelo, ni blanco ni no, para peinar) y conozco y he conocido a viejos maravillosos y lúcidos, y ancianas con una energía que la más histérica fanática de Justin Bieber envidiaría, pero desde que empecé a asistir al Festival de escritores de Ubud he ido observando un declive en el número de jóvenes que asisten y un aumento constante en el número de sexagenarias presentes.

¿Ser viejo es una especie de “deténgase” que impide o debería impedir la presencia de personas mayores en certámenes de este tipo? De ninguna manera, la participación de muchos escritores experimentados enriquece de experiencia y sabiduría estos talleres, charlas y conferencias, y las preguntas que hacen los mayores informados y cuajados en el arte de estar vivos, levanta de manera evidente el nivel de las discusiones.

Dicho esto, me pregunto, ¿tiene futuro un festival donde más de la mitad de la gente peina canas y asiste -acá está el problema- más como un “vamos a hacer algo diferente este fin de semana” antes que como lectores -críticos y apasionados- que llegan a poner en aprietos a los escritores con sus preguntas o a darles la excusa perfecta para iluminar el auditorio con sus ideas?

Ya sé que corro el riesgo de ser considerado un “gerontocida” (lo que sería estúpido -y casi suicida- a mis cuarenta y dos años) pero no puedo dejar de pensar que el peligro de inclinarse hacia un público adulto (¿dónde están los miles de estudiantes de letras de las universidades de Indonesia, dónde los miles de alumnos de los colegios secundarios?, ¿por qué no se promociona el evento de manera tal que sea atractivo para siquiera una parte de la infinidad de muchachas y muchachos que pueblan este archipiélago?) reside en convertir un encuentro de y con creadores en una especie de “té de tías” (de tías australianas, que la mayoría de los participantes son de ese país) que se quede en lo anecdótico -la foto, el autógrafo y el desayuno con el autor-, y se olvide por completo de la palabra, esa que todo lo nombra, esa que nos explica, nos seduce y nos salva.

Un grupo de señoras aguarda el inicio de una de las conferencias en el marco del octavo festival de escritores y lectores de Ubud (Bali-Indonesia)

Un grupo de señoras aguarda el inicio de una de las conferencias en el marco del octavo festival de escritores y lectores de Ubud (Bali-Indonesia)

Juan Gabriel Vásquez

En el Festival de escritores de Ubud conocí -es un decir, en realidad vi, escuché, dije “hola y felicitaciones” y le di mi libro- al novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez quien, no lo sabía hasta ayer -vivir en Yakarta aleja de muchas noticias-, ha ganado el premio Alfaguara de este año.

Me pareció, como expositor, un tipo claro, lúcido y leído (tal vez abusa de las citas, pero no lo culpo, me pasa lo mismo y yo no he ganado nada y eso nace -hablo de mi experiencia- de la necesidad, doble y compulsiva, de ilustrar o clarificar una idea y evitar el plagio indeseado). Como persona no puedo calarlo por las diez palabras que cruzamos pero puedo decir que tiene un buen inglés y mejores modales, se me antoja -además- distante en lo personal y cercano en lo público (aunque habría que decir, en honor a la verdad de quien no lo conoce: “distante en lo personal del trato público y cercano en la exposición frente al auditorio”). Ahora mismo que escribo estas líneas, dos alumnas me cuentan emocionadas que mantuvieron una larga charla con él (que estaba almorzando con su esposa). Parina -que este año se gradúa, que ha venido al festival cuatro veces, que ha conocido y conoce a muchos escritores que quedan sorprendidos con sus siempre inteligentes preguntas- me dice que Juan Gabriel Vásquez es una persona encantadora y amable, y Parina es una muchacha inteligente, honrada y veraz, así que lo tomo por cierto.

Al parecer, ha sido la embajada colombiana y no la editorial española quien lo trajo a esta isla, pero, como sea, creo que se ha desperdiciado a un tipo muy interesante que, siendo además el ganador de este año del premio Alfaguara, hubiera podido ser larga y vivamente promocionado por estas tierras.

Una postal para mi hermano

Hace años ya que, desde la ciudad a la que me lleve mi a veces vida gitana, le envío una postal -de esas “de antes”- a mi hermano. Estoy en Ubud y no hallo aún el “kantor post” desde la cual enviarla, aunque desde ayer tenga lista la postal que ANZ, el banco auspiciador, regala a los asistentes que, apertrechados casi todos de juguetes como este (desde el que escribo estas líneas), las abandonan sin remordimientos porque el “imeil” y el “féisbuk” y “escaip” son más rápidos y más eficientes (pero nunca más cercanos).

Veremos si Asti, la amable encargada del modesto hotelito que nos alberga, me ayuda y esta cartulina -garabateada cariñosamente por mí- llega a las manos de mi hermano, al otro lado del mundo.

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